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Gabriel Martínez Navarrete

VALENTÍA PARA HACER EL BIEN 2>

Para asegurar que las elecciones presidenciales que ahora se aproximan, sean realmente un florecimiento de la democracia y del espíritu humano, gracias a una auténtica cultura de la libertad, necesitamos aprender a hacer el bien, votando inteligentemente y sin coacción. Es necesarísimo aprender a no tener miedo y votar libremente por los candidatos de nuestra preferencia.

 Para hacer el bien, conviene que descubramos de nuevo el espíritu de la esperanza y la confianza, que yace en toda auténtica democracia.  Todos hemos dicho ya basta de corrupción. No conozco a nadie que afirme que está a favor de la mentira. Esta actitud de apertura a la verdad electoral, necesita ser auténtica y asumirse con valentía, aceptando de antemano los riesgos y los resultados.

La esperanza no es un optimismo vacío que nace de la confianza ingenua de que el futuro será necesariamente mejor que el pasado. La esperanza y la confianza son las premisas de una actitud responsable, y se nutren en el santuario interno de nuestra conciencia, en la que cada uno está a solas con Dios.

La política no puede ignorar la dimensión espiritual y trascendente de la experiencia humana y nunca podría hacerlo sin herir antes a la más preciosa joya del hombre: la libertad humana. Cualquier cosa que reduzca la aspiración del hombre hacia la divinidad, perjudica la causa de la libertad.

Para recuperar la esperanza y la confianza en nuestro país, es indispensable recobrar la perspectiva de que ese horizonte trascendente de posibilidades y valores humanos que conlleva toda elección genuina, requiere ser una aspiración casi total de sus habitantes.

San Juan Pablo II escribió: “La fe en Cristo no nos impulsa a la intolerancia. Por el contrario, nos obliga a comprometer a los demás en un diálogo respetuoso. El amor de Cristo no nos distrae de los intereses de los demás sino más bien nos invita a asumir la responsabilidad por ellos, a no excluir a nadie y, ciertamente, en caso necesario, a preocuparnos de manera especial por los más débiles y por los que sufren. Yo soy testigo de la dignidad humana, de la esperanza, de la convicción de que el destino de las naciones se encuentra en las manos de una Providencia misericordiosa”.

Estas palabras de san Juan Pablo II, nos pueden orientar para que las próximas elecciones sean limpias y podamos confiadamente hacer el bien.