Por: Socorro E. Quijano Villanueva

Quiero hablar de Jesús, del Jesús que me habla en el corazón constantemente y en el que creo desde niña.

Muchos jóvenes actualmente dicen no haber experimentado a Jesús pero, yo, no les creo. Más bien, no lo han podido escuchar por los ruidos interiores que genera la falta de verdadera comunicación de la vida moderna. Estar conectados se convierte en muchos casos en una verdadera obsesión, hablar sin hacer silencios, como escuchar música o ruido constantemente, impiden el poner atención a Jesús en medio de nuestro corazón.

Muchos que decimos amarlo, aún sabemos muy poco de su vida, del contexto histórico en el que vivió, los milagros que hizo y quién los narra.

Vivir la Semana Santa es meterse en las sandalias de Cristo y acompañarle principalmente durante la cuaresma en su ayuno e intensa oración. Ayuno hasta sentir hambre de verdad, ayuno de críticas y murmuración y oración recogida pidiéndole escuchar su voz y seguir sus actitudes. Porque el Jesús que vivió como un carpintero más, que predicó la paz y subió al madero de la Cruz para ser crucificado sin querer huir de la Cruz, del que habla Plinio el joven y Flavio Josefo, es el mismo Jesús que puede vivir en mí, en mi alma en gracia, lavada por su sangre en el sacramento de la Confesión.

Quiero hablar de Jesús, del que vivió en el periodo de los emperadores romanos Augusto y Tiberio y que tuvo como procurador a Poncio Pilato y decir muchos detalles de su tiempopero su tiempo es también este, en el que tú y yo vivimos y nos movemos.

“En el libro XVIII de las Antigüedades se puede leer un pasaje singular en el que Josefo habla de Cristo: “En esta época apareció Jesús, hombre sabio, si es menester llamarle hombre. Pues realizó cosas maravillosas, fue el Maestro de quienes reciben con alegría la verdad, y arrastró a muchos judíos y también a muchos griegos. Aquel era el Cristo. Por la denuncia de los primates de nuestra nación, Pilato lo condenó a la cruz, pero sus fieles no renunciaron a su amor por él; pues al tercer día se les apareció resucitado, como lo habían anunciado los divinos Profetas, así como otras mil maravillas a su respecto. Todavía subsiste hoy la secta que, de él, ha recibido el nombre de Cristianos”.” (Jesús en su tiempo de Daniel-Rops, Ed. Arcaduz  pàg. 15-16.)

No vivamos solo de recuerdos, vivamos muy metidos en el tiempo y en este tiempo encontremos a Jesús que siempre nos “primerea” como dice Francisco, el Papa actual que cada día en sus mensajes nos ayuda a concretar el modo de parecernos más al Nazareno, para dejar que de tanto imitarlo nos transforme y podamos ser de verdad “sembradores de paz y alegría” como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer.

“Sígueme,” la palabra delicada y que violenta por dentro, porque nos invita a cambiar el rumbo de nuestra vida.

Jesús nos habla pero, para oír su voz, hay que estar atentos. Como cuando en la madrugada las tortugas arriban a la playa a desovar y hacen un ruidito especial, como el rumor del mar cuando aumenta la brisa, el aleteo de un pájaro entre las hojas de los árboles, el aroma delicado de una rosa, el beso suave y tierno de una madre a su hijo que siempre es pequeño, todo esto, me parece que tiene semejanza con la voz de Dios que el silencio traduce en mociones, en pequeños “toques” a nuestra puerta.

Y Dios nos llama en la infancia y en la adolescencia, en la edad madura y casi muriendo, El siempre llama a ser buenos, a tener firme la esperanza en que el mundo se transforma si yo me entrego a cada momento de la vida y aprendo a vivir en la verdad y sin superficialidades.

Cuando las manchas de las almas de los hombres y mujeres que también formamos la Iglesia salen a la luz y la ley de la transparencia como en un espejo nos habla de fealdad, me vienen a la mente las palabras de un poema que un amigo recitaba en nuestra juventud, desconozco al autor. Recuerdo que decía algo así como: Señor, Señor, Tú antes, Tu después, Tú en la inmensa hondura del vacío y en la hondura interior. Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa. Tu en la capilla fúnebre y en la noche de bodas. Tú en el beso primero, Tú en el beso …Y por cada hombre que duda mi alma grita: ¡Yo creo! y con cada fe muerta, se agiganta mi fe.

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