NO ES QUE SEAMOS MUCHOS, S0L0 QUE ESTAMOS MAL DISTRIBUIDOS

10 octubre, 2023

Han sucedido casos de pueblos que han desaparecido por su baja natalidad. Por el contrario, la historia no registra pueblos que hayan desaparecido o entrado en decadencia, por causa de “exceso” de población. Y siempre que ha habido progreso humano, éste coincide con periodos de aumento de población.

 

Jamás se ha comprobado que la sobrepoblación haya impedido la prosperidad de una nación. Actualmente, los pueblos más superpoblados, son pueblos llenos de vigor y porvenir. La miseria natal en el número de hijos, es la pobreza moral por la cual ya no se vive con la dignidad de un ser humano, sino con la falta de decoro propia de las bestias.

 

La población del orbe no crece de modo regular: los fenómenos demográficos siempre son regionales. Así, la población disminuye cuando estallan guerras; azotan epidemias; flagela el hambre, o cuando el ser humano ha cerrado las fuentes de la vida, impidiendo el nacimiento de nuevos descendientes. Cuando en una nación se trabaja, los nacimientos suben rápidamente.

 

Se puede asegurar que la población entra en auge y se hace mejor en aquellos pueblos donde el progreso consiste en renovarse física, política, moral y espiritualmente. Es decir, donde la prosperidad se mide por las obras de servicio que realizan los ciudadanos, y no por el número de protestas, de discursos, de imposiciones y de la pauperización de los débiles.

 

Ningún pueblo industrializado o en vías de desarrollo padece superpoblación. Lo que sí les afecta es el alto costo de la vida; pero esto sucede no por la densidad de la población. sino porque las naciones menos desarrolladas, están a merced de las malas cosechas y con vías de comunicación insuficientes, Por ello, las regiones prósperas deben ayudar a las que yacen en desgracia.

 

La corrupción moral de una vida entregada a la comodidad, se manifiesta sobre todo en los países más ricos.  Estos pueblos ricos suelen tener muy baja natalidad, y son quizá, los más corruptos.

 

La miseria moral surge por el deterioro de las costumbres.  Esta miseria parece ser causa de gran mortandad –por el control natal artificial y el aborto-.  Los pueblos con familias numerosas son, por lo común, pueblos pobres que tienen muchas exigencias reales que no pueden satisfacer.

 

Los estudios sistemáticos demuestran que la poca natalidad va unida a la superabundancia de bienestar material y de instrucción (no de formación). La poca natalidad proviene ante todo de causas psicológicas y morales:  Si el hombre no tiene más hijos, no es porque no pueda alimentarlos, sino porque no quiere más. La causa esencial de la disminución de los nacimientos, reside en una actitud egocéntrica y ajena a la generosidad.

 

Los grandes imperios-p. ej: el Imperio Romano-, se han venido a pique por su escasa natalidad; al utilizar las gentes sus facultades generativas sólo por motivo del placer que les proporcionan, desviando a estas facultades de su finalidad de engendrar hijos. En la medida que los pueblos se hacen menos fecundos, su grado de vulnerabilidad crece ante las naciones más pobladas.

 

Un Estado que limita los nacimientos no sabe a dónde va ni que desea. Cuando un gobierno y algunos matrimonios manejan a loa hijos por nacer, como si fuesen elementos de un presupuesto económico, lo hacen de una manera deshumanizada: calculan el número de hijos de igual modo como se calculan los gastos de una empresa.

 

Es evidente que el interés general pide aumentar la natalidad.  Por ello, el gobierno debe conciliar el interés general con el individual, tal vez por medio del subsidio familiar, que consiste en una ayuda prestada a quien hace cabeza de familia, en consideración a los hijos que educa.

 

Si la gestión gubernamental se muestra incapaz de proteger a la familia y trata de limitar el número de hijos; le será imposible superar la crisis. Los hijos son la riqueza de una familia y de un país.

 

No hay duda que futuro del país está en manos de las familias fuertes, fecundas, y que, movidas por los valores humanos, continúan inyectando una dosis intravenosa de vigor moral en el torrente circulatorio de la sociedad.

 

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