Por: Ana Teresa López de Llergo

En México festejamos a las madres en el mes de mayo, a los padres en el mes de junio. Ambos han coincidido en el empeño por formar una familia como fruto del amor profundo que les ha llevado a tomar una determinación tan trascendente, tan comprometida y tan valiente, porque los retos son muchos, pero el reto más audaz es el de hacerse corresponsable de la vida mutua, y de la que engendren. ¡No es poca cosa!

Una familia bien constituida es el resultado de la aceptación consciente de todo lo que se dice en el párrafo introductorio. Es hermosísimo y digno de alabanza el hecho de que dos personas se unan para un fin tan noble y tan ambicioso. Aunque tampoco es una utopía, porque a lo largo de los siglos tenemos ejemplos maravillosos de que es posible sacar adelante una familia, superando los obstáculos que son muchos y son muy arduos, en el tiempo y en el espacio.

La riqueza del contraste de la humanidad singularizada en una mujer y en un varón, tan distintos y a la vez tan unidos en su propósito, es un ejemplo riquísimo para los hijos pues aprenden de sus padres modos tan opuestos en los enfoques y en los recursos, pero unidísimos para alcanza el mismo resultado. Esto enriquece la personalidad de cada cónyuge.

Sobre todo, lo más importante de un ambiente familiar así, es el de ser el ambiente más propicio para desarrollar en los hijos personalidades individuales, definidas, ricas y fuertes, porque han aprendido que se pueden alcanzar grandes resultados con la identificación en el fin perseguido y con personas totalmente opuestas, porque no hay mayor oposición que la de los enfoques femenino y masculino.

Es verdad que los padres se desviven por dejar un patrimonio que ayude a los hijos a solventar las necesidades que se les presentarán en las primeras etapas de su trabajo profesional o de sus estudios de posgrado, antes de tomar decisiones vitales para forjar su futura vida profesional, familiar y social. Pero es más importante que se den cuenta que simplemente con el ejemplo del día a día en la vida familiar, están heredando un patrimonio psicológico y moral.

Este patrimonio psicológico y moral asegura en los hijos la convicción de que se pueden lograr excelentes resultados con la complementariedad de personas muy distintas, pero con buena voluntad, porque demuestra que confían mutuamente y ponen en primer lugar el bienestar de los demás. Aprenden que el afecto es el mejor modo de apoyarse y de llegar a los resultados deseados.

(Visited 77 times, 1 visits today)