Por: Raúl Espinoza Aguilera

¿Por qué en los años sesenta sobrevino como un desmoronamiento de los valores de la civilización occidental? Desde luego no generalizada, pero sí en amplios sectores de la población particularmente entre los jóvenes.

Tanto los años posteriores a la Primera como de la Segunda Guerra Mundial en que muchos hogares quedaron rotos: esposas sin maridos, niños huérfanos, soldados físicamente discapacitados, traumas psicológicos de los excombatientes en las confrontaciones bélicas, mucha pobreza, sin empleos, una ola de hambruna, inflación o racionamiento de alimentos por parte de las autoridades civiles. Todo eso y muchas cosas más, dejaron como una profunda cicatriz en los ciudadanos llena de amargura, dolor y sufrimiento.

En ambas posguerras, la gente joven tuvo una reacción psicológica bastante similar. Decían: “ya no queremos escuchar más de guerras, ni de tanques ni bombas. Los viejos políticos no son de fiar, porque nos han enfrascado en tremendas tragedias sociales y han muerto muchos jóvenes militares inocentes.

La Segunda Guerra Mundial terminó en 1945, hacia el año 1955, tanto en Europa como en Estados Unidos comenzaba una recuperación económica sorprendente y el ciudadano medio tuvo más tiempo para tener ratos de esparcimiento, paseos, viajes. Las amas de casa se incorporaron a la sociedad de consumo al adquirir a precios módicos: refrigeradores, estufas, lavaplatos, calentadores, aspiradoras… La familia adquiría un coche pequeño y ahorrador de gasolina. Venía el fenómeno social de la masificación.

Pero esa juventud no quería asimilarse a las modas y costumbres conservadoras de sus progenitores. Es decir, no estaban conformes con el modo de comportarse, de vestirse, de tener forzosamente que continuar con los oficios y trabajos ancestrales de la familia: obreros, mineros, pequeños agricultores, comerciantes… Ansiaban ser originales, tener su sello propio y soñar con metas más altas en lo académico y cultural, como estudiar una carrera profesional.

Hubo un amplio sector de jóvenes que incursionaron con éxito en el mundo empresarial, financiero, bancario, etc. y le dieron un nuevo impulso y vigor a la economía de sus países. Pero otros, que se denominaban “rebeldes”, se opusieron a ese sistema socioeconómico establecido.

Prefirieron dedicarse, a lo que consideraban más espontáneo: como la música, la composición musical, la danza, la pintura, la escultura, el teatro, el cine. De ahí surgieron numerosos artistas con un enorme talento, creativos, innovadores, con mayor y más audaz capacidad imaginativa. Como ocurrió en París desde los años veinte hasta los cincuenta, con esa impresionante proliferación de corrientes vanguardistas.

Dentro de ese clima social, se puso de moda desafiar a las autoridades civiles, o al menos, pidieron que se sometieran a discusión las propuestas, que se estudiaran de modo interactivo y democrático, de tal forma que no se percibieran las órdenes como meras imposiciones desde la élite en el poder sino como invitaciones para reflexionar y llegar a posibles acuerdos.

Algo parecido a lo que ocurre hoy en día con los Millennials. Quizá algunas propuestas eran rescatables como buscar la fraternidad universal, la paz, la concordia y la apertura al diálogo entre las naciones antes de lanzarse a guerras cruentas. Es decir, propugnaban por soluciones civilizadas. Pero faltó un mayor sustrato para plantear conceptos más de fondo y perdurables y elaborar mejor sus posibles soluciones. Muchos se unieron a nobles causas como la defensa de los Derechos Civiles que encabezaba Martin Luther King, otros hacia los movimientos contra el armamentismo nuclear o la guerra de Vietnam…

Pero muchos jóvenes, sin convicciones ni valores firmes, se introdujeron dentro de una avalancha arrolladora de consumo de todo tipo de drogas, alcohol, desórdenes sexuales, modas estrafalarias, con la curiosa lógica de que “si es nuevo, es bueno; y si no está en boga, es malo, o por lo menos resulta poco confiable”. Los elementos detonadores de esta nueva corriente fueron el cine, la televisión, la publicidad, la literatura, el teatro, ciertas manifestaciones estudiantiles manipuladas por grupos extremistas, las letras de algunas canciones de grupos musicales. Todo ello, supuso como un terremoto ideológico que en poco tiempo cambió la mentalidad de muchos jóvenes.

En mi opinión, todo este desorden de vida con el paso de las décadas condujo finalmente a un hartazgo generalizado, y una vez que estos jóvenes llegaron a la madurez, muchos de ellos fueron “sentando cabeza”. El mismo sentido común y la sensatez les hizo ver que tenían que volver a los valores perennes, como: el matrimonio, fundar una familia, el tener amor y educar a los hijos; volver el rostro a su Creador; el buscarse metas nobles en la vida; preocuparse por el bien de la sociedad en asociaciones y causas concretas e incluso animar a sus propios hijos a que también se involucraran. Cuando observo, por ejemplo, en los veranos, que miles y miles de jóvenes procedentes de los cinco continentes, se vuelcan en servicio de los demás en comunidades rurales o a través de labores sociales y asistenciales, me parece que ello manifiesta un retorno a las raíces, al inicio del camino.

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