La Alegría y el Trabajo bien hecho van de la mano

28 diciembre, 2021

Autor: Gabriel Martínez Navarrete

Como directivo, el trabajo principal es hacer que ocurran las cosas, lograr resultados, en el que todo mundo salga beneficiado (aunque, a veces, alguien tenga que “pagar los platos rotos”). Para que el trabajo tenga permanencia, debe transcender todo ello. Por este motivo, lo primero consiste en lograr los resultados necesarios, a la vez que dignificamos a las personas. Si actuamos de otra manera, el trabajo resulta contraproducente, porque “no todo lo que brilla es oro”.

Si reducimos nuestra actividad sólo a conseguir resultados económicos, el trabajo perderá su medio para perfeccionar nuestra personalidad y servir a los demás. Por ejemplo: uno puede ser generoso si existe otra persona, porque puede darse y ayudar. Para este intercambio, existen cinco ámbitos básicos, que tienen una jerarquía. El primero incluye a los otros: 1) Dios; 2) la familia; 3) el trabajo; 4) los amigos, y 5) la sociedad.

Un orden sano y vital consiste en realizarse con la familia, ser exitoso en el trabajo y mantener amistades profundas. Si quitamos a Dios de nuestras vidas, hemos equivocado el camino.

Esto no significa que los resultados no sean parte esencial de todo trabajo productivo. Precisamente porque se trabaja por amor (no por deber), debe haber resultados: son parte esencial e integral de todo trabajo. No tener resultados, por no haber puesto los medios, equivale al fracaso e inutilidad.

Para conseguir el crecimiento sin límite en nuestro trabajo se sugiere lo siguiente: producir los resultados necesarios para lograr lo esencial en el trabajo actual, y llegar al detalle.  Ello implica rechazar fantasías, excusas, lamentaciones, dilaciones y desviaciones. Es cierto, aunque las cosas nos llegan como son, uno necesita poner todos los medios para crear la situación deseada. Corregirse continuamente.

Se requiere lograr los resultados minuto a minuto, de lo que se tiene como responsabilidad. En otras palabras, podríamos expresarlo así: “En este momento estoy trabajando tan bien, como me es posible hacerlo; el día de hoy es cuando vence el plazo y hoy debe quedar terminado”, según lo planeado.  Es decir, cuidar la oportunidad y saber terminar las cosas.

Sin este trabajo acabado, cuidado en los detalles, el resultado obtenido será marginal. Escribió San Josemaría: que el heroísmo del trabajo está en “acabar” cada tarea (cfr. Surco, n.488).

Está claro que aprendemos cometiendo errores, pero es imprescindible aprender dio que no debemos hacer, corregirse y seguir adelante. Así lo logrado cuenta, aunque esté uno retrasado en el avance: ya habrá eliminado las fantasías y errores.

Sin los resultados, todo lo que se hable de crecimiento, avance y mejora es una ilusión. No obstante, la única actitud adecuada es la lucha, tamizada por el amor (obras, no deseos).

Hemos de esforzarnos para lograr los máximos resultados en cualquier tarea que se nos asigne. Esto requiere tomar como propia la tarea y ponerle el ingrediente de la alegría. La alegría es parte integrante del trabajo. Una persona triste, es muy probable que produzca un “triste trabajo”.

Realizar la tarea por amor –como hemos dicho- y hacerlo porque se nos pega la gana, es decir, porque uno quiere y no como algo impuesto desde fuera. Y aplicar la habilidad de concentrarse siempre.

Entendiendo, como componentes de esta concentración: seleccionar los elementos esenciales del trabajo; descomponer cada elemento en sus tareas claves, y convertir cada tarea, en un trabajo acabado al detalle.

Los resultados máximos provienen de anticipar qué es lo que va a resultar necesario y tenerlo preparado antes de que se vuelva necesario. Es decir: la sagacidad o prontitud para poner los medios. Esto es más que concentrarse en lo esencial de hoy: es, asegurar hoy los recursos que serán esenciales para mañana.

 

 

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