LA ALEGRÍA PROFUNDA Y LA OTRA CARA DEL CORONAVIRUS

7 enero, 2021
Raúl Espinoza Aguilera 

Sin duda, el verdadero fundamento de la alegría tiene hondas raíces cristianas y consiste en que: “¡Somos hijos de Dios!”, como escribía San Pablo. En estos tiempos de pandemia y ahora que comienza el Nuevo Año 2021, se percibe entre algunos familiares, amistades y conocidos un ambiente de cierto pesimismo, desánimo, desilusión e incertidumbre. 

Considero que es la hora de comunicar a muchas personas que “Dios no pierde batallas”, que esta difícil situación pasará y que tenemos que llenarnos de confianza en el Señor, de optimismo y buen humor porque “Todo lo puedo en Aquél que me conforta”, como se lee en las Sagradas Escrituras.

A numerosas amistades les han servido estos meses de forzoso aislamiento para reflexionar sobre el sentido de la vida y se hacen los clásicos cuestionamientos: “¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?”. Y secundando los consejos de los seres queridos y seleccionando bien los medios electrónicos presencian, por ejemplo, la Santa Misa y hacen una comunión espiritual. Otros más, han comenzado a leer la Biblia meditándola con pausa. Hay quienes buscan audiolibros sobre temas espirituales. Las continuas invitaciones a rezar el Santo Rosario en las redes sociales han sido fuente para crecer en el amor a María Santísima.

Ayer conversaba con mi primo Javier y me decía que estaba muy impactado porque su amigo de alrededor de 75 años –se conocían desde que estudiaban en el primer semestre de la Facultad de Ingeniería-, había sido contagiado por el COVID. En fecha reciente y como era su costumbre, le telefoneó para preguntarle cómo iba evolucionando su enfermedad y el amigo le dijo que cada día se sentía mucho mejor y que tenía la impresión que dejaría pronto el hospital. Pero al día siguiente, ante la sorpresa de todos, falleció.

Y Javier, mi primo, me comentaba que hasta los antiguos colegas de Facultad y que, a la vez, eran los menos practicantes de la religión católica habían tenido una importante conversión interior ante este suceso. Porque muchos acudieron a sacerdotes y conocidos para solicitar oraciones por ese buen amigo y también manifestaron la necesidad de recibir consejos espirituales personales de presbíteros a través de plataformas cibernéticas.

He escuchado con frecuencia expresiones como: “Era “el ateo” entre mis amistades, pero con el COVID, no tienes idea de lo mucho que ha cambiado mi vida; ahora rezo con frecuencia y procuro ayudar a los demás”. También frases como: “Antes era como “el ogro en mi familia” porque el cansancio provocado por el exceso de trabajo me solía poner de mal humor. Ahora trato con más cariño y paciencia a mi esposa y a mis hijos. Por fin me he dado cuenta que yo también tengo muchos defectos y que los que me rodean han tenido que soportarme por tanto tiempo. Además, he puesto especial empeño en que no falte la chispa de la alegría y la visión positiva en todos los acontecimientos cotidianos”. 

Algún otro me comentaba: “Nunca me había detenido a pensar que nuestro destino es Eterno. Mi vida transitaba, como por un túnel oscuro y a toda prisa, y no era consciente –porque me resultaba más cómodo- que la vida es breve; tan sólo un puñado de años y que luego vendrá la Vida que permanecerá para siempre”.

Considero que esta pandemia a todos nos ha servido para tomarnos a Dios en serio, para buscarle con mayor constancia y serle muy fiel a sus Mandamientos.

Ahora percibo rostros de serena alegría, de madurez más sólida y cimentada, sin dejar de lado el dolor por la desaparición de seres queridos; el sufrimiento por las enfermedades, o las adversidades laborales. Hemos adquirido más visión sobrenatural y ponemos nuestro mejor empeño por mirar la realidad con ojos de Eternidad, con la visión y paz que sólo Dios puede dar y así poder compartir esa riqueza interior con los que se encuentran tristes, desanimados o desesperanzados. 

En la Solemnidad de la Epifanía, durante el rezo del Ángelus, el Papa Francisco comentó que la estrella que siguieron los Reyes Magos -Melchor, Gaspar y Baltazar- había sido una llamada precisa de Dios. ¿Pero quién estaba detrás de esa estrella? Y el Santo Padre responde: “La estrella es Cristo, pero también nosotros podemos y debemos ser la estrella, para nuestros hermanos y hermanas, como testigos de los tesoros de infinita bondad y misericordia infinita que el Redentor ofrece gratuitamente a todos”. 

En definitiva, se trata de imitar a Jesucristo, que en un principio se manifestó como estrella, y luego se transformó en Sol de Justicia y de Paz, que ilumina con luces claras llenas de amable calor y de esperanza a la humanidad entera.

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