Por: Raúl Espinoza Aguilera

Las vacaciones son una temporada en que los padres deben de prever y adelantarse para que resulten formativas, interesantes y entretenidas.

Recuerdo -en mis años de preadolescencia- mi madre nos inscribió, a dos de mis hermanos y a mí, en un activo club de campamentos y excursiones para caminar el campo y los montes. El objetivo era tener plan una cada fin de semana. Al principio no nos convencían mucho estos planes campestres, pero poco a poco nos fuimos aficionando a ellos.

Y, con especial gusto, esperábamos el campamento anual en “La Laguna Encantada” al sur de Sonora. Tal ver éramos como sesenta asistentes, junto con instructores. Ahí eran mucho muchas intensas las actividades, como: construir balsas de madera y organizar competencias en la laguna; subir a uno de los montes más altos; practicar el tan popular juego de las pistas nocturnas; carreras con obstáculos, o bien, a campo traviesa; realizar excursiones de un día completo subiendo varios montes de menor altura…

Y todo aquello, dentro de un ambiente de sana y cordial camaradería entre los estudiantes. Los instructores -profesores nuestros- además, nos impartían charlas sobre valores: fraternidad, compañerismo, orden, aprovechamiento del tiempo, sinceridad, fortaleza, estudiar y trabajar con empeño…

Mi padre, por su parte, era un gran aficionado a la música clásica. Siempre animó a mi hermana Yoli a que estudiara algo referente a este bello arte. Y en un verano, ella se inscribió en una academia en la que aprendió a tocar el piano bastante bien. Sin tanto éxito como Yoli, un verano yo también me apunté a tocar y a cantar canciones rancheras, de rock and roll y pop. La profesora, era muy cordial, con una voz privilegiada (cantaba ópera) aunque, como suele ocurrir en algunos de estos casos, era algo temperamental.  Lógicamente el hecho ir todos los días con esta maestra, a las cuatro de la tarde y con altas temperaturas (alrededor de los 40 grados), a recibir lecciones, muchas veces resultaba fatigoso, cuesta arriba, monótono.

Pero esa perseverancia fructificó porque al llegar la edad de la adolescencia, nunca me imaginé que tocar la guitarra y cantar las canciones de moda, sería un buen modo de relacionarme con amistades, organizar pequeñas reuniones sociales y, en otras ocasiones, dirigir tertulias musicales con la guitarra eléctrica.

Tengo un recuerdo muy vivo del acompañamiento de mis padres ante estos hobbies o aficiones. Con el paso de los años, Yoli se convirtió en magnífica maestra de piano. Mis otros hermanos cultivaban también su afición por las buenas lecturas, las excursiones, los paseos en bicicleta a la “Laguna del Náinari”…

Sin duda, son lecciones inolvidables porque dejan una honda huella en la formación de cada uno de los hijos.

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