ABRIRSE AL OPTIMISMO

26 marzo, 2021

Un huracán de pesimismo se ha desatado en muchos sitios: las buenas costumbres se relajan, los hijos desobedecen a los padres; éstos –por apocados- no se atreven a mandar sobre los hijos, las madres de familia se desobligan, los esposos se descomprometen. Desempleo masivo, control natal, pornografía, aborto, pandemia, fracaso educativo, salarios mínimos insuficientes que no alcanzan para la comida, vestido y techo a las familias; crecientes tensiones entre las autoridades, subordinados y clases sociales, y sobre todo, desconfianza.

Desde cualquier sitio donde se mire, aparecen fuertes descargas de rayos y vientos huracanados, que amenazan la serenidad en las familias y la estabilidad del país. Es imperativo reaccionar ante la ola de pesimismo. Lo atinado es abrirnos al optimismo, a lo que es positivo.

La experiencia muestra que los juicios apocalípticos raramente son acertados, y que las cosas no son tan negras como a veces se les mira. P. ej.: el mito de la explosión demográfica, todavía hay muchas cosas que conquistar y el orbe tiene capacidad para albergar otros miles de millones de habitantes. Y así todo lo que miramos y calificamos como catastrófico. Es falso ese “sálvese quien pueda”.

Reaccionemos positivamente, corrijamos lo que tengamos que corregir, y llenémonos de esperanza, incapacitándonos para la tristeza y la desesperanza. Luchemos personalmente por mejorar. Abrámonos de par en par nuestras puertas a Dios y aceptemos que, si hacemos lo que Él nos pide, tendremos una felicidad relativa aquí en la tierra. Y después de la muerte, todo será felicidad que no se acaba.

Afrontar las dificultades con paz y orden interior, son actitudes indispensables para construir un futuro mejor, más humano y más digno.  La paz es obra de la justicia, y nadie es justo si antes no es veraz, si no ha aprendido a agotar la verdad, aunque ello le lleve la muerte. El hombre no vive sólo de pan, sino sobre todo de la verdad.

Hace falta convertir los vicios en virtudes, ya que la tranquilidad y el orden que palpamos y vemos en el mundo, son un reflejo del equilibrio que existe dentro de cada persona.

El mundo atraviesa diversas crisis, que en sí no son ni buenas ni malas, dependiendo del derrotero que sigan y el punto de vista que las veamos.  Si la crisis lleva al desorden es señal cierta que hay que corregir algo, llegando a las causas que lo provoque. Si la crisis es un cambio para alcanzar un bien, seamos constantes para alcanzarlo.

Para salvaguardar la paz se precisa de una justa distribución (no igualdad) de los bienes, dándole a cada persona lo suyo. No deja de ser sintomático que cada vez sea más notorio el abismo entre el desarrollo económico y el progreso social, es decir, entre quienes tienen cientos de millones de pesos y un porvenir más o menos asegurado y quienes solamente poseen lo que traen puesto. Si estas condiciones tan discrepantes continúan, habría que apretar el botón de alarma.

Se requiere la cooperación desinteresada de quienes tienen poder económico e influencia; la honesta discusión de los problemas, y la mutua solidaridad profesional. No cooperarían al bien, los mercantilistas del sexo, que hacen pingües negocios inundando de pornografía la sociedad. En cambio, proporcionan un gran bien a la sociedad todos aquellos que se empeñan en defender y difundir la libertad y la responsabilidad sociales.

Tanto los individuos como las familias deben gozar de auténtica libertad –de capacidad real de elegir-. Para conseguirlo, habría que crear las condiciones externas que permitan que cada persona alcance y disfrute del lugar que por sus condiciones naturales le corresponde. Se atenta a la libertad, por ejemplo, cuando en las escuelas se enseñan valores contrarios a la sinceridad, sencillez, lealtad, fidelidad, reciedumbre, alegría, castidad, etc., por maestros sin escrúpulos y textos inadecuados.

Ante la “peste negra” que nos invade, se hace necesario resaltar estos valores humanos y perennes, apoyándonos primero en la familia. “Todos los males se pasan siempre”, si sabemos afrontarlos con su remedio contrario: las obras de auténtico servicio a los demás.

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