A un año del 19S: me costó trabajo asimilar lo que veía y sentía en mi cuerpo

19 septiembre, 2018

Por: Pedro Jacobo López del Campo

El terremoto del 19 de septiembre de 2018 inició a las 13 horas con 14 minutos y 40 segundos del día. Esa noche, me encontraba en la esquina del Viaducto y avenida Monterrey.

Llegué alrededor de las siete de la tarde en una camioneta vieja atestada con un montón de desconocidos preparados con cascos, picos y palas. Yo sólo llevaba mi energía y disposición vistiendo mi camisa ‘godín’ favorita y un pantalón de vestir color gris. En la caja de la camioneta milagrosamente cupimos poco más de veinticinco personas, íbamos tallando el suelo. Yo iba en la orilla, abrazado e intentando no caer al pavimento de la avenida. Desconocía al sitio al que nos aproximábamos pero no tardamos en encontrarnos con la terrible escena y enseguida comprendí la urgencia del apoyo. Dimos vuelta en una calle y nos encontramos de pronto ante el edificio derrumbado.

Me costó trabajo asimilar lo que veía y sentía en mi cuerpo, invadido por un estremecimiento indescifrable. Era impresionante ver un edificio de siete pisos reducidos a lozas aplastadas unas sobre otras y pensar en la presencia de personas entre ellas. Había apoyo que se requería y no dudé en observar la organización del lugar unos minutos para comprender las tareas y resultar útil en alguna de ellas. No iba solo, me encontraba con un amigo, Alejandro. Juntos trabajamos en equipo y por otros momentos nos separábamos para ayudar en distintos lugares, no sin antes acordar un punto de reunión en caso de alguna otra contingencia.

Me uní a las cadenas de personas pasando cubetas repletas con escombro, papeles, madera, fierros, vidrios, tierra y ropa. En otros momentos ayudaba a repartir aguas embotelladas a los brigadistas o ayudaba a recoger del suelo la tierra de la polvareda. Constantemente levantaba mi brazo derecho, con el puño cerrado, para continuar con la ola de puños que solicitaba silencio para permitir a los brigadistas escuchar entre los escombros del edificio.

Salimos juntos a las doce de la noche, aproximadamente, no lo recuerdo bien, mi celular dejó de funcionar y dejé de prestar atención a la hora desde mí llegada a la ‘zona cero’. Caminamos hasta encontrarnos con el Metrobús. No llegué a mi casa, preferí hablar por teléfono con una tía para que me dejara pasar la noche en su casa y así lo hice. Después del baño caliente que me ofreció y haberme acostado en cama, no lo soporté más y lloré.

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