Por: Socorro Eugenia Quijano Villanueva

Esta semana, como un adelanto del tiempo de descanso que trae aparejado el verano, leí un artículo escrito por Mary Ann Glendon, ilustre catedrática de Derecho (Derechos Humanos, Derecho Comparado, Derecho Constitucional) de una de las más prestigiadas universidades del mundo, la de Harvard. Hace algunos años leí su libro sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos del que hice mención en otra colaboración y recientemente otro artículo con motivo de los 70 años de la Declaración.

El artículo al que quiero referirme se titula El nuevo feminismo del Papa en el que sin temor a las críticas hace un “registro histórico envidiable que destaca la preocupación que la Iglesia siempre ha tenido por las mujeres” (almudi.org).

Mary Ann Glendon -integró la Delegación Vaticana a la reunión Cumbre de la Mujer en Pekín en 1995 -dice que “Es realmente notable que la Iglesia primitiva haya logrado que se aceptara ampliamente el ideal de mantener la monogamia en culturas en las que la poligamia era común y en las que la costumbre permitía a los hombres que dejaran de lado a las mujeres.

Más tarde, a pesar de las presiones de los príncipes y mercaderes, el Concilio de Trento se manifestó firmemente en contra de matrimonios arreglados sin el consentimiento de los esposos. Aún más tarde, las políticas que la Europa continental implementó para proteger a madres y niños se vieron fuertemente influenciadas por el pensamiento social católico.”

Todos estamos de acuerdo en la actitud de Jesús hacia las mujeres. Dice Glendon que en los relatos apostólicos “podemos observar con facilidad de qué manera tan radical nuestro Señor se apartó de la cultura de sus tiempos cuando trabó amistad con mujeres, incluso pecadoras públicas. Resulta llamativo que Jesús haya mantenido tantas conversaciones importantes con mujeres y que haya confiado sus enseñanzas más significativas en primer lugar a sus amigas mujeres.”

Esta ilustre abogada a la que admiro claramente, señala que “Ni siquiera Flanery O’Connor (novelista católica) pudo prever en aquellos días preconciliares que la Iglesia Católica estuviera a punto de ser una de las instituciones mundiales que defendió más enérgicamente la libertad y dignidad de las mujeres, (el subrayado es mío.) Cfr. Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes,1) En su mensaje final los padres del Consejo proclamaron:“Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora”. Cfr. Mulieris Dignitatem.

En los años setenta se hace evidente, dice Glendon, que la Iglesia no sería mera observadora del progreso de las mujeres en el mundo secular y “surge como una defensora acérrima de las mujeres, especialmente de las mujeres pobres, en los entornos internacionales de justicia social y económica. Desde el inicio, la Iglesia tuvo una voz distintiva en aquellas discusiones. Fue una defensora incansable de aquellas voces que pocas veces se escuchan en los corredores del poder; la de refugiadas, inmigrantes y madres de todo el mundo. Muchas veces fue prácticamente la única institución que insistió en que no puede existir un progreso auténtico para las mujeres si no se respetan sus roles en la familia. Dicha preocupación por el rol de las mujeres en la familia no se opone de ninguna manera a la forma en que la Iglesia apoya las aspiraciones de las mujeres de participar en la vida económica, social y política”

Dejo en sus manos estas líneas con la ilusión de que ustedes continuarán la lectura de la pluma de Mary Ann Glendon afirmando, eso sí, que en primera persona he podido comprobar infinidad de veces la real preocupación y acción de la Iglesia y del Papa Francisco por el desarrollo de la mujer, incluso antes de nacer, por los ancianos, los desprotegidos, los marginados, los pobres y los que no tienen voz.

En los años 90, apunta Glendon “el Santo Padre abrazó la causa de los derechos de las mujeres en términos específicos. Su Carta apostólica a las mujeres previa a la Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín de 1995 decía que: “Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutelas de la trabajadora – madre, justas promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático”.

Cita esta célebre catedrática de la Universidad de Harvard que el Papa fue el “primer líder mundial que asumió un compromiso concreto frente a las metas -igualdad,desarrollo y paz- de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer en 1995. Unos pocos días antes de la reunión de Pekín, comprometió a las trescientas mil organizaciones católicas educativas, de salud y socorro para que implementaran una estrategia prioritaria para niñas y mujeres jóvenes, especialmente las más pobres, con especial hincapié en la educación. Incluyó deliberadamente una estrategia sobre la educación de los niños “en el sentido de la dignidad y el valor de la mujer”. Hizo un llamamiento especial a las mujeres de la Iglesia para que adoptaran “nuevas formas de liderazgo en el servicio …y a todas las instituciones de la Iglesia, para que acogieran ese aporte a las mujeres”.

Como ustedes saben, asistí como periodista a la Cumbre Mundial de Población en el Cairo, Egipto en 1994, previa a la de Pekín y ahí pude constatar una vez más la acción de la Iglesia a favor de la vida humana, oponiéndose a la aprobación internacional del aborto que la ONU pretendía lograr en esa reunión. Ahí coincidí con dos grandes mujeres madres de familia y profesionales del periodismo y el derecho, Martha Lorena de Casco y Gracia Zúñiga de Villeda quienes crearon conciencia en los delegados de docenas de países del peligro inminente para la vida humana que implicaba la firma del documento de El Cairo.

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