Por: Ana Teresa López de Llergo

En el mes de mayo festejamos por todo lo alto el día de la madre. Es una fecha muy respetada, e incluso en el ambiente laboral se facilitan las muestras de cariño a las madres y se aligera el horario para dedicar un tiempo más extenso a compartir, también con la familia extensa, la celebración que con mucho cariño hemos diseñado.

En la maternidad se encuentran una serie de valores incomparables que, a su vez, forjan el carácter de la mujer. Cito el que me parecen más importante: la capacidad de sufrir incomodidades por un bien ajeno, que consiste en conservar la vida de una criatura nueva, indefensa, incapaz de corresponder a los sacrificios que hacen por ella durante el tiempo de la gestación.

Pero la maternidad no termina en el momento de dar a luz, sino que el vínculo tan especial que se establece entre el cuerpo que se va desarrollando en la matriz y el cuerpo de la mujer que naturalmente proporciona todo lo necesario para llevar a término el desarrollo de la nueva criatura, transforma los aspectos físicos, psíquicos y relacionales para dejar una huella indeleble.

Una mujer que vive este fenómeno, espontáneamente desarrolla una serie de capacidades que estaban adormecidas y despiertan cuando aparece este proceso. En esta etapa todas las cualidades de la mujer se vuelven especialmente delicadas, y por eso, ella requiere de más ayuda de quienes conviven por motivo de parentesco, de amistad o de compromiso laboral.

Históricamente las mujeres en los tiempos más cercanos han emprendido una lucha valerosa y sacrificada para obtener el reconocimiento de los mismos derechos de los varones. Y eso está muy bien, pero tal vez haga falta defender mejor los derechos propios de la feminidad, en concreto todos los derivados del hecho de la maternidad.

Hemos luchado tanto por demostrar el alto nivel de la capacidad femenina, ha sido largo el tiempo de esta lucha, que tal vez ese legítimo esfuerzo nos ha hecho monotemáticas: sólo demostrar que podemos tanto o más que los hombres. Es el momento de recapacitar, sin perder lo ganado, para mostrar que nuestros derechos son más ricos ya que también incluimos lo propio de la mujer: la maternidad.

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