Por: Ana Teresa López de Llergo
Fotografía: Derechos Reservados

Una meta muy socorrida es la de establecer buenas relaciones con las personas cercanas, principalmente con los miembros de la familia. Y también llevarnos bien con los compañeros de trabajo. Además, es normal admirar a quienes son capaces de establecer amistades y conservarlas. Esto es una buena propuesta, si los demás pueden, yo también debo poder.

En un artículo, el autor hacía la siguiente observación: si todos los habitantes de nuestro planeta llegáramos a ser amigos, no haría falta la justicia. Y la explicación que daba es que forjaríamos una red tan bien hecha que cada nudo refuerza a los contiguos. Con certeza afirmaba que la amistad crea comunidad, pero el problema es que no somos inertes como los hilos de la red.

Sea como sea, el necesario confinamiento, por la pandemia de Covid19, nos ofrece la oportunidad de mantenernos cercanos a los miembros de nuestra familia. También es oportunidad de reforzar la amistad gracias a la ininterrumpida compañía, pero eso ofrece, a la vez, el problema de mostrar nuestros desahogos y, a veces de modo muy desagradable. Según sean nuestras reacciones edificamos o desedificamos.

La amistad es necesario cultivarla y lo adecuado es que la relación se apoye en la fuerza de las virtudes. Esto significa que quien desee cultivar una amistad ha de ser desinteresado y buscar el bien del otro. Así, al buscar el beneficio del otro los dos amigos mejoran. Y, como el desarrollo de una virtud empuja a otras a crecer, la amistad resulta una bendición porque eleva a las personas.

Pero, aunque la amistad perfeccione, las personas nunca llegan a estar exentas de defectos, sin embargo, por el cariño al amigo, la persona es capaz de minimizar los defectos para evitar desagradar al otro. Y, cuando no se pueda extirpar totalmente el defecto y sus manifestaciones, el amigo las llevará con benevolencia y disculpa. Esperando el momento para inducir a la rectificación.

Este es el modo de proceder ante la cercanía de los miembros de la familia, y para no amargarles la vida: sobreponernos y dominar los temores, enojos u otros estados de ánimo que nos debilitan. Así nos encaminamos a cultivar virtudes como el optimismo, o la generosidad y, con estos apoyos dejar de pensar en nuestros problemas y consolar a los demás, tratando de encontrar salidas para mejorar el futuro. Esto sí une, se atesoran recuerdos muy gratos y la convicción de querer seguir siendo amigos.

 

 

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