Por: Ana Teresa López de Llergo

Los últimos días del mes de septiembre empieza el tercer ciclo que la naturaleza nos ofrece. Cuántos ciclos hemos vivido. Tantos como años hayamos recorrido. En cada una de estas temporadas hay una finalidad para dar impulso a la sucesión de acontecimientos que enmarcan la vida, pero especialmente la vida humana.

Estamos recorriendo un nuevo otoño. La naturaleza nos ofrece a las personas una nueva oportunidad de reflexionar sobre la razón de estos cambios, que a grandes rasgos coinciden con los de años anteriores. Porque los ciclos tienen variaciones, pero esencialmente conservan una estructura en donde aparece la razón de ser: despedir lo que ha prestado un servicio, pero ya se agotó, y preparar el renuevo.

El otoño tiene mucho de nostalgia ante algo que está terminando. Sin embargo, la superioridad de la persona debe aparecer mediante su capacidad de reflexión sobre lo que está sucediendo, enriquecido con la capacidad de recordar los procesos semejantes que ya se han vivido y esperar la renovación. Pero no una espera pasiva sino activa: interviniendo en los acontecimientos para aprovecharlos mejor.

Y la mejor intervención es la de ayudar a nuestros semejantes por medios de la educación. En el proceso educativo también puede aparecer algo semejante al otoño: el estrés y la premura de lo cotidiano nos agotan e impiden ver el paisaje desde lo alto, completo. Es natural cansarse, pero también allí hay una lección que ha de llevarnos a reiniciar el esfuerzo de ayudar a los demás a ser felices.

En este proceso de enseñanza y aprendizaje no olvidar el punto vital: disponernos a recomenzar las tareas cotidianas con alegría, reconociendo que cada sacrificio y entrega buscan un bien superior. Si una persona contribuye a hacer feliz a otra, aunque esto exija esfuerzo, necesariamente aparecerá la felicidad. Así como las hojas que caen de los árboles momentáneamente nos llevan a la nostalgia, muy pronto nos damos cuenta del excelente abono que produce muchos beneficios.

Así, la felicidad será producto no de un sacrificio estéril sino de una realidad con respuesta cercana. Ver a los demás crecer, aprovechar las enseñanzas, hacerlos personas de bien, que a su vez ayudan a otros, hacen un mundo mejor. Pues ánimo porque después del otoño y el invierno vuelve a aparecer la primavera y el verano. La felicidad de los demás engrandece la propia

 

 

 

 

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